miércoles, 25 de diciembre de 2013

Regalo de navidad


La monarquía.

En estos tiempos de crisis en los que se la gente valora de otra manera a las instituciones y a los dirigentes, hay quienes se empeñan, desde opciones políticas contrarias pero coincidentes, en mantener la legitimidad del Estado surgido de la transición de la dictadura franquista a la democracia parlamentaria y la monarquía como representación de la Nación Española.

La constitución española se mantiene como norma fundamental, atribuyéndole unas virtudes de las que carece y siendo casi intocable, casi, digo, porque cuando se trata de garantizar los intereses de los grandes especuladores financieros internacionales no hay problema en efectuar un cambio con el acuerdo casi unánime de los señores diputados y senadores y, como ya es normal en esta “democracia” representativa, sin contar con los representados.

Pero no se trata en este pequeño artículo de tratar las inconsistencias y contradicciones de la constitución española de 1978, sino de una “institución” recogida por ésta y heredada directamente de la dictadura del general Franco: La Monarquía.

Efectivamente, la monarquía española actual es la que quiso el dictador. Mediante la Ley de Sucesión de 1947, una de las siete leyes fundamentales del Estado surgido de la Guerra Civil Española, el dictador se reservaba el derecho de designar a su heredero, a título de rey o regente (artículo 6). Franco, en el ejercicio de la potestad que le confería la citada ley, designa a Juan Carlos Borbón como futuro rey de España, siendo proclamado por las Cortes como sucesor de Franco el 22 de julio de 1969, cuando Juan Carlos jura: «LEALTAD A SU EXCELENCIA EL JEFE DEL ESTADO Y FIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL MOVIMIENTO Y DEMÁS LEYES FUNDAMENTALES DEL REINO» juramento que reitera en el momento de su coronación en 1975.

La redacción de la constitución española de 1978, fuertemente condicionada por el estamento militar que, entre otras cuestiones irrenunciables, reconocía a Juan Carlos como sucesor del dictador, elegido por éste, recoge esa situación “de facto”. Se produce una rebaja de planteamientos políticos en los partidas de la izquierda: PSOE, PSP, PCE,... que aceptan la monarquía como “mal menor”. Con el tiempo los partidos “de izquierda” no sólo acogen la monarquía sino que la hacen suya abrazándola con calor y candor, caso del PSOE, y si bien algunos enarbolan banderas republicanas, en realidad no plantean seriamente el cambio de forma de Estado. Todos ellos reconocen la figura del monarca como “necesaria” e incluso justifican su postura en los grandes servicios prestados por el monarca y en la tradición monárquica del Estado Español.

Y es precisamente acerca de la tradición monárquica del Estado Español sobre lo que quiero llamar la atención y, concretamente, sobre la bondad de esa “institución” que tenemos que soportar (de dar soporte, sobre todo económico) los ciudadanos con DNI español.

Para ello no se me ha ocurrido nada mejor que hacer una breve glosa de cada uno de los reyes de España desde principios del siglo XIX hasta la actualidad.

Empezamos con Carlos IV. Este rey, en realidad, en lo que estaba interesado era en los relojes (le llamaban el rey relojero). Carlos IV continuó una antigua tradición de los reyes de España, y de otros países, designar un valido, un primer ministro, que se encargaba de los asuntos oficiales quedando él sólo para firmar con un escueto “yo el rey” y poderse dedicar a la caza y a sus relojes. Durante su reinado España sufrió una grave crisis económica, comenzó la invasión por los ejércitos napoleónicos y la corrupción y la especulación eran la moneda de cambio generalizada.
Lo más grave de este rey es que ni siquiera supo, en momentos de grave crisis, tomar conciencia de su posición y mantenerse en su puesto con una mínima dignidad. Efectivamente, con las tropas napoleónicas en España y el pueblo sublevado contra el invasor francés, no se le ocurre otra cosa que ceder a Napoleón Bonaparte los derechos a la corona de España, algo que merecería, como poco, una condena por traición pues lo hizo a cambio de una pensión de 30 millones de reales anuales.

Seguimos con Fernando VII, hijo del anterior. Si hay un rey de España que me resulte especialmente antipático es este. Probablemente reúne todas las malas cualidades de un mal gobernante y peor persona: mal hijo, traidor, falso y perjuro. De su ejecutoria “profesional” es consecuencia que España se desangrara en guerras civiles durante buena parte del siglo XIX.

Las primeras “perlas” de Fernando se producen cuando aún no era rey: a finales de 1807 se produjo la conjura de El Escorial, conspiración que él encabeza y que pretendía la sustitución del valido del rey, Manuel Godoy, y el destronamiento de su propio padre. Pero, frustrado el intento, el propio Fernando delató a sus colaboradores. Dos en uno: conspirador y delator, vaya elemento para ser rey.

Pero es que poco después, y al igual que su padre, pacta con Napoleón Bonaparte, renuncia al trono, a favor de su padre, a cambio de un castillo y de una pensión de 4 millones de reales anuales. Mientras tanto, españoles de todas clases y de todas las provincias y colonias, se sublevan contra los franceses al grito de ¡viva Fernando VII!… pobres valientes ignorantes.

Fernando VII regresa a España una vez acabada la guerra de la independencia, traicionando a los aliados (ingleses y portugueses) que habían contribuido muchísimo a la expulsión de los franceses, pues firmó con Napoleón un tratado de neutralidad y de expulsión de los ingleses de España. Durante el transcurso de la guerra los españoles se dieron una constitución que Fernando se apresuró a derogar a su llegada. También llegó a condenar a muerte a aquellos que, luchando en su nombre para devolverle el trono se habían distinguido en la guerra, como el famoso guerrillero Juan Martín “El Empecinado” únicamente por ser partidarios de la constitución de Cádiz.

A Fernando VII le importaban poco los juramentos, por muy sagrados que fueran: de su famosa frase “marchemos francamente y yo el primero por la senda constitucional” cuando jura la constitución de Cádiz en 1820, nada queda al poco tiempo, pues en octubre de 1823 se vuelve a restablecer el absolutismo mas carca y despiadado que duraría hasta su muerte.

Su falta de decisión le hizo posponer hasta el final de su reinado la promulgación de la ley que permitiría reinar a su hija Isabel, al poco tiempo la derogó presionado por los partidarios de su hermano y luego, mas tarde, la volvió a confirmar. Todo ello no significó sino la semilla de las guerras de sucesión, guerras carlistas, que transcurrieron en España desde su muerte.

Continúo con la hija de Fernando VII, Isabel II. Lo menos que se puede decir de esta pobre señora es que era una crédula, inepta, ninfómana y vulgar. Nada hizo para beneficio del país donde reinaba, se dejaba manejar por cualquier elemento con sotana o hábito monjil y despreciaba a los políticos y militares que la apoyaban y sostenían en el trono.

Su debilidad mental, dicho esto en su favor, para excusarla, hizo que siguiera los consejos del “padrito” Antonio María Claret y de la monja farsante Sor Patrocinio, que decía que tenía los estigmas de la fe, o sea las llagas de Cristo. Esta dependencia religiosa de la reina no sólo la afectaba a ella y sus relaciones personales, sino que influyó muchísimo en la política de la España de la época.

Si algún avance se produjo durante su reinado no fue por sus actos y decisiones políticas, sino, mas bien, a pesar de ellas.
Isabel II, siguiendo una tradición familiar iniciada por Carlos IV y Fernando VII abandona España cuando hay problemas, mas o menos vino a decir “ahí queda eso” y no asumió ninguna responsabilidad política en la crisis que origina la revolución. Eso sí, no renuncia a ninguno de sus “derechos”.

Los españoles al verse privados de la institución monárquica deciden que mejor lo de fuera que lo de dentro y se traen a un italiano para que haga de rey, Amadeo de Saboya, el pobre tenía varios defectos, no parece que fuera muy inteligente, masón y liberal, no se granjeo precisamente las simpatías del pueblo y las distintas facciones políticas le tiraban a matar, resultado: también dejo el trabajo por baja voluntaria, los problemas no eran lo suyo.

Después de la I Republica, que duró de febrero de 1873 a diciembre de 1874 se produce... lo adivinan: La restauración de la monarquía borbónica. Se le ofrece la corona a Alfonso, hijo de Isabel II y, como dice la wikipedia, “oficialmente” de su marido.

Alfonso XII es quizá la excepción de la regla, no estaba animado por un sentimiento vengativo ni rastrero, como su abuelo, supo dejar la política en manos de los que se suponía que la entendían, quedando sólo como figura decorativa e incluso, en momentos de dificultades, tuvo el suficiente valor de acercarse al pueblo. Bueno, también le gustaba sobre todo acercarse mucho a la parte femenina del pueblo.

En definitiva, no era mala gente, pero tampoco hacía ninguna falta. Aunque realmente no es que haya tenido mucho tiempo para portarse mal, pues su reinado duró sólo diez años falleciendo muy joven, con 27 años. Este rey fue el único que murió en su puesto, de todos los que reinaron en el siglo XIX y en el XX.

A la muerte de Alfonso XII le sucede su hijo póstumo, Alfonso XIII. Con este rey vuelven a repetirse conductas similares a las de sus antecesores, desde la utilización del Estado para su propio beneficio mediante sus relaciones con inversores de todas clases y su participación en negocios ilegales, hasta la traición a la constitución vigente, mediante el apoyo al golpe militar del general Primo de Rivera. En realidad, como curiosidad, este rey se dio un golpe de estado a sí mismo.

Cuando en 1931, ya fracasada la dictadura de Primo de Rivera, se vuelve a un sistema de libertad de partidos y en unas elecciones municipales resultan victoriosos los republicanos, el rey hace lo mismo que su abuela: se marcha y ahí queda eso.

Pero no se piensen que el pobre tuvo que trabajar para ganarse la vida en un duro exilio, como ahora hacen los jóvenes españoles, no, él gastó en su exilio unos tres millones de euros anuales.... si, quinientos millones de pesetas al año, no vivía mal, no.

De ese dinerillo entregó, a un militar golpista en 1936, dos millones de libras que supongo no servirían para compras de vendas y apósitos sino para poder tirar bombas sobre las cabezas de los pobres, realmente pobres, ciudadanos españoles de la zona republicana.

Después de la guerra civil española y como se relata al principio de este artículo, el dictador impone su sucesión. Sucesión que soportan ahora España y sus colonias y en la que vemos repetidos los defectos de los monarcas anteriores, desde la traición o perjurio, el desmedido afán por el lucro personal, el desinterés en los asuntos de estado,... Y todo ello adobado con el encubrimiento de los poderes del Estado, la adulación y el seguidismo de los partidos de todo signo.

Juan Carlos Borbón sancionó con su firma la constitución española de 1978, que contradice buena parte de las normas que juró cumplir y hacer cumplir en 1969 y en 1975.

Aquí Juan Carlos Borbón jurando lealtad a Franco como sucesor, no existe grabación disponible pero he aquí el texto:
Presidente de las Cortes: " EN NOMBRE DE DIOS Y SOBRE LOS SANTOS EVANGELIOS, ¿JURÁIS LEALTAD A SU EXCELENCIA EL JEFE DEL ESTADO, FIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS DEL MOVIMIENTO NACIONAL Y DEMÁS LEYES FUNDAMENTALES DEL REINO?
Príncipe Don Juan Carlos: " SI, JURO LEALTAD A SU EXCELENCIA EL JEFE DEL ESTADO Y FIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL MOVIMIENTO Y DEMÁS LEYES FUNDAMENTALES DEL REINO".
Presidente de las Cortes: " SI ASÍ LO HICIEREIS, QUE DIOS OS LO PREMIE,Y SI NO, OS LO DEMANDE".

Aquí jurando lealtad a las Leyes Fundamentales del Reino y a los Principios del Movimiento Nacional para ser proclamado rey.


Y termino con las palabras del escritor americano Samuel L. Clemens, más conocido por su seudónimo Mark Twain, en su novela “Un yanqui en la corte del rey Arturo” que no puedo menos que hacer mías:

Pues bien, el país era realmente curioso, y además pleno de interés. ¡Y la gente! Era la raza más peculiar, más simple y más crédula... ¡Pardiez, si eran como conejos! Para una persona como yo, nacida en una atmósfera sana y libre, resultaba deplorable presenciar sus humildes y entusiastas desbordamientos de lealtad con el rey, la Iglesia y la nobleza. Como si tuviesen más motivos para amar y honrar al rey, al obispo y al noble de los que tiene el esclavo para amar y honrar el látigo, o el perro para amar al desconocido que le propina un puntapié. ¡Diantre! Cualquier tipo de realeza, por muy modificada que se encuentre, cualquier tipo de aristocracia, por muy podada que se halle, resultan un insulto indiscutible, pero si naces y creces bajo esas condiciones, probablemente no lo descubrirás nunca, y tampoco lo creerás cuando alguien te lo diga. Todo ser humano debería sentirse avergonzado de su especie al pensar en los mamarrachos que siempre han ocupado los tronos, sin razón ni derecho alguno y al recordar los individuos de séptima categoría que siempre han figurado como miembros de la aristocracia: un elenco de monarcas y nobles que en la mayoría de los casos habrían permanecido en la pobreza y la oscuridad si hubiesen tenido que depender de sus propios esfuerzos, como sus semejantes de mayor valía.


Para todos los que le ríen las gracias a la monarquía actual, que comentan sesudamente las palabras del monarca en sus mensajes de navidad, que defienden sus hipócritas declaraciones en los momentos de crisis, concediéndole una virtud que no tienen, etcétera, etcétera, que lo disfruten.




Algunas referencias:

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